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El enigma mejor guardado
La gran Pirámide y los dogmas de la egiptología
Moais
Material enviado para Civilizaciones Antiguas
por Carlos Enrique Casero García
carlos_orion@ctv.es
Webmaster de Egipto Oculto


¿Cuándo, cómo, por quién y para qué?, son las típicas preguntas que asaltan la curiosidad de todos aquellos que han contemplado la imponente figura de la Gran Pirámide. A pesar de los miles de libros que se han escrito durante muchos años y el haber llamado la atención de miles de científicos, filósofos y otra larga legión más de admiradores, las respuestas a estas cuatro preguntas siguen constituyendo uno de los enigmas más ocultos de toda la humanidad.

A cada una de estas cuestiones iremos respondiendo a medida que profundicemos en el estudio de la más importante construcción de todos los tiempos, por lo que inicialmente nos dedicaremos exclusivamente a describir las características físicas y curiosidades que en la Gran Pirámide se pueden apreciar.

EL EXTERIOR DE LA GRAN PIRÁMIDE

En la actualidad el exterior de la Gran Pirámide aparece muy deteriorado. Basta pensar que durante siglos ha servido de cantera a innumerables edificaciones de la cercana Ciudad de El Cairo. Se cree que permaneció con su estructura original hasta los siglos XII o XIII, pues según las crónicas fue durante este momento histórico cuando Egipto sufrió enormes terremotos que pudieron afectar al revestimiento que cubría toda la pirámide y que se cree estaba pintado de un color amarillento.

Este revestimiento del cual todavía se pueden apreciar algunos bloques de más de tres metros cuadrados, ha maravillado a distintos estudiosos por el perfecto paralelismo a lo largo de sus aristas y por haber sido colocados utilizando yeso rápido de fraguado. El mismísimo William Matthew Flinders Petrie (1835-1942) pudo comprobar sobre el terreno que, no existía señal alguna de arrastre de los bloques, ni puntos de engarce para cuerdas, con lo que inevitablemente cada uno de estos bloques tuvo que ser colocado al primer intento, nada más y nada menos que cerca de 27.000 bloques perfectamente pulidos y encajados a la primera, sin margen de error para posteriores rectificaciones.

Debajo de este impresionante revestimiento, casi dos millones y medio de bloques, en su mayoría de piedra caliza, aunque existen bloques de mayor dureza como el granito en su interior. Su altura de 146,6 metros (en sus orígenes) y una masa aproximada de tres millones de metros cúbicos asentados sobre una superficie de cincuenta y tres mil metros cuadrados (8 campos de fútbol), la hacen alcanzar los siete millones de toneladas, midiendo cada uno de sus lados 230 metros. Es una pirámide perfecta en la que sus lados se alzan en un ángulo de 52 grados.

Toda esta gigantesca mole está asentada sobre una plataforma nivelada artificialmente, con errores mínimos que no alcanzan los 2,5 centímetros en algunos puntos, siendo la base perfectamente cuadrada, lo que no deja de constituir por si mismo un auténtico logro técnico, incluso para nuestra época. Los bloques de piedra que la forman están cortados con gran precisión, ajustándose unos a otros milimétricamente, sin necesidad alguna de argamasa. La media de peso en cada uno de los bloques oscila entre las dos y dos toneladas y media, aunque existen bloques que sobrepasan fácilmente las sesenta toneladas, realizados en granito procedente de las canteras de Asuán, mil kilómetros más al sur.
La alineación de la Gran Pirámide se ajusta al norte verdadero, con un margen de error de 5 minutos de arco, lo que le sirvió a los cartógrafos de Napoleón hace dos siglos para triangular y trazar el mapa del Norte de Egipto. Demasiada casualidad, como la egiptología oficial nos quiere hacer ver, para una alineación casi perfecta.

LA ENTRADA A LA GRAN PIRAMIDE

En el año 813 d.C., Abdullah Al Mamún accedió al poder en la Ciudad de Bagdad. Sus ansias de conocimientos le llevaron a fundar universidades y a ser un mecenas de la literatura, las ciencias y el arte. Dentro de sus dominios, la Gran Pirámide se le presentaba como una gran oportunidad de acrecentar su innata necesidad de saber más y más, envuelto todo ello en una nube de misterio que distintas leyendas alimentaban desde tiempos remotos, en las que se hablaba de grandes tesoros ocultos en el interior del milenario monumento.

Así, en el año 820 rodeado de un nutrido equipo de técnicos y colaboradores, se dispuso a perforar un túnel para acceder al interior de la Gran Pirámide. Tras repetidos intentos sobre la dura piedra y gracias a la aplicación de hogueras sobre los bloques para ponerlos al rojo vivo, combinado con vinagre frío y golpes de ariete, consiguieron abrir poco a poco un túnel en dirección norte-sur, con una desviación final al este que les llevó a través de 38 metros a comunicar con el Canal Ascendente y el canal que desciende hasta la Cámara del Caos.

No queda más remedio que pensar que fue demasiada casualidad que Al Mamún eligiese un punto exacto en la Cara Norte de la Gran Pirámide, situado 10 hileras más abajo de la entrada original secreta para acceder al interior de la pirámide. De algún modo Al Mamún tuvo que tener acceso a información en la que se hablase de la entrada original, aunque los obreros dijesen que oyeron caer una piedra en el interior, y guiándose por este ruido llegaron a alcanzar a uno de los canales interiores. Tan sólo 27 metros más arriba de la galería en la que irrumpieron, lograron encontrar la entrada original.
Hoy en día, ésta entrada abierta por Al Mamún es la utilizada habitualmente por los visitantes para acceder al interior de la Gran Pirámide.

EL INTERIOR DE LA GRAN PIRAMIDE

Una vez en las entrañas de la Gran Pirámide, y desde la intersección del pasaje de la entrada original y el abierto por Al Mamún, nos encontramos con la posibilidad de elegir dos opciones. La primera de ellas es la de ascender a través de la estructura de la pirámide por el conocido Canal Ascendente, y la otra es la de introducirnos por debajo de la base de la pirámide por el Canal Descendente excavado sobre el terreno.

Este Canal Descendente se adentra a más de 30 metros de profundidad del nivel de la meseta donde se asienta la Gran Pirámide, en un recorrido de 105 metros, por un estrecho y claustrofóbico pasillo que apenas sobrepasa el metro de ancho y 1,22 metros de altura, finalizando en un pequeño pasaje horizontal más estrecho y bajo, que alcanza los nueve metros y que desemboca en la Cámara del Caos, un habitáculo que sobrepasa ligeramente los 3 metros de altura y con unas dimensiones de 14,5 metros de largo por 9 metros de ancho. Destaca en su pared sur un corredor que tras escasos metros finaliza sin llegar a ningún objetivo aparente.
Excavada en la roca, se sitúa sobre la vertical del centro de la pirámide. Esta cámara, también llamada "inacabada", se cree que inicialmente estuvo proyectada para albergar al difunto faraón, pero planes posteriores hicieron abandonar tal idea, quedando sin terminar y dando un aspecto que bien le ha valido su nombre de Cámara del Caos.

Volviendo de nuevo al punto de intersección de los Canales Descendente y Ascendente, se pueden apreciar tres bloques de granito que taponaban el acceso al Canal Ascendente y que tuvieron que ser rodeados en su momento por los hombres de Al Mamún, dada su extraordinaria dureza para ser perforados.

Este canal se encuentra perfectamente pulido a lo largo de sus 25 metros de longitud. Al igual que el Canal Descendente, su estrechez y altura son agobiantes, 1,05 metros de ancho y 1,20 metros de alto. Finaliza en la conocida como Gran Galería, a unos 23 metros de altura sobre el nivel de la base de la pirámide. En el inicio de la Gran Galería se encuentra otro pasaje que discurre horizontal durante sus 38 metros de recorrido, lo que le da el nombre de Canal Horizontal. Sus características son muy similares a la del Canal Ascendente, con la peculiaridad de que a escasos 5 metros del final existe un escalón de medio metro, que aumenta la altura del canal hasta finalizar en la Cámara de la Reina.
La Cámara de la Reina es una habitación abovedada, completamente vacía que se encuentra en el centro del eje norte-sur de la pirámide y donde se haya una gran hornacina excavada en la pared oriental de unos 4,5 metros de altura. Sobre las paredes norte y sur, se localizan los accesos a los mal llamados Canales de Ventilación, unos pequeños boquetes cuadrados de 22 centímetros de lado que, tanto en su inicio como en su final estaban taponados. Fue a través de uno de estos canales que en 1.993, el ingeniero alemán Rudolf Gantenbrink descubriese con un pequeño robot, cuando limpiaba estos canales, la existencia de una puerta con dos pomos metálicos que supuestamente accede a una cámara desconocida, y que la desidia de los responsables del lugar han ignorado hasta el momento.

De vuelta a la Gran Galería, se pueden apreciar a lo largo de sus 45 metros que discurren en un ángulo de 26 grados, 14 hornacinas a cada lado, que en su origen se cree, albergaron las figuras de 28 reyes, la de los antepasados de Keops y él mismo. El techo situado a 8 metros de altura se va estrechando de abajo a arriba, con siete voladizos superpuestos. El ancho de la galería es de poco más de dos metros, todo un lujo, aunque el paso se ve limitado a un metro aproximadamente, por dos pasamanos o bancadas de piedra de medio metro de ancho a cada lado. Llama poderosamente la atención la perfección absoluta en el trabajo realizado por los canteros y artesanos que trabajaron los bloques de piedra que forman la galería, pues el error arquitectónico de los ejes de simetría se mide sólo en micras, una referencia para cualquier arquitecto de la actualidad difícil de superar.
Después de subir un gran escalón situado al final del recorrido de la Gran Galería, se accede a una antecámara llamada Cámara de los Rastrillos, con numerosas ranuras cortadas con precisión y que en su momento sirvieron para dar soporte a distintos mecanismos de protección que impidiesen el paso a la contigua Cámara del Rey, situada más al interior, y de los que aún hoy en día se pueden apreciar, como un trozo de losa de granito asegurada en su ranura con argamasa, que actuaba como un tapón. Poco antes de penetrar en la Cámara del rey la altura baja considerablemente, siendo necesario prácticamente arrastrarse para poder entrar.

Lo primero que llama la atención, es un cofre de granito rojo sin tapa que mide 229x99x104 centímetros, asociado con el féretro de Keops, aunque jamás se encontrase ningún indicio que apoyase esta hipótesis. Por cierto, jamás ha quedado claro cómo pudieron introducir este cofre por los exiguos pasillos de la pirámide si exceptuamos su ubicación a cielo descubierto, cuando aún se estaba construyendo la pirámide. Los lados de esta cámara sobrepasan los diez metros, y sus muros están formados por cinco hileras de bloques donde se apoyan nueve colosales bloques de granito de más de 300 toneladas. Al igual que en la Cámara de la Reina, existen dos Canales de Ventilación, aunque a diferencia de estos, en esta ocasión si tienen salida al exterior de la pirámide.
Sobre la Cámara del Rey, y a lo largo de los siglos XVIII y XIX, fueron descubiertas diferentes cámaras a las que se consideraron como de descarga, a pesar de que técnicamente no cumplen esta función técnica.

La primera de ellas fue descubierta por Nathaniel Davidson en el año 1.765. En 1.837 Howard Vyse descubrió cuatro más, la última de ellas con el techo a dos aguas. Fue precisamente en esta última cámara de descarga llamada Cámara del Coronel Campbell, donde H. Vyse encontró poco antes de que se le terminara el presupuesto para volverse a Inglaterra, el cartucho con el nombre del Faraón Keops en su interior, y que desde entonces a pesar de la polémica y sospechas de fraude, ha constituido la prueba fundamental para atribuir la construcción de la Gran Pirámide a Keops y articular la cronología del Imperio Antiguo.

Existe una galería que en el año 1.638 el ingles John Greaves descubrió casualmente, al observar la ausencia de un sillar al inicio de la Gran Galería, y a la que bautizó con el nombre del  "Pozo". J. Greaves se adentró poco más de 15 metros, hasta una cavidad natural a la altura de la base de la pirámide. Pero no fue hasta el año 1.817 que Giovanni Battista Caviglia limpió en su totalidad esta galería llena de escombros, hasta comunicar con las proximidades de la Cámara del Caos, en el Canal Descendente, después de recorrer casi 70 metros de un tortuoso y difícil recorrido.

Todos los expertos coinciden en que este canal o pozo fue excavado posteriormente a la realización de la Gran Pirámide, pero es un autentico misterio el establecer quién, cuándo y para qué se realizó. Como vemos las mismas preguntas de siempre.

¿CUÁNDO FUE CONSTRUIDA?

Las fechas en las que se apoya la egiptología oficial para datar la construcción de la Gran Pirámide, se basan ante todo, en el relato de Heródoto y en el cartucho con el nombre de Keops que H. Vyse descubriera en la última cámara de descarga.

Tanto en uno como en otro caso, las fechas sitúan el reinado del faraón Keops (¿2.589-2.566 a.C.?), durante la IV Dinastía en el Imperio Antiguo. Es una más de las muchas que existen, pues a pesar de la certeza absoluta que algunos pretenden demostrar en cuanto al conocimiento de fechas, no hay nada más alejado de la realidad.

Existen diferencias abismales, no sólo para datar el reinado de Keops, sino el de cualquier otro faraón de éste Imperio Antiguo. Mientras que el sacerdote Manetón sitúa a Keops como el segundo faraón de la IV Dinastía y vigésimo octavo desde el fundador de la I Dinastía, el mítico Menes, situándolo en el año 4.800 a.C., otras cronologías lo ubican en periodos mucho más recientes que oscilan entre el 2.750 a.C. y el 2.589 a.C., eso sí, como segundo faraón de la IV Dinastía.

¿Por qué no hay unanimidad de criterio en las fechas?. Sencillamente porque nadie quiere admitir su ignorancia en el conocimiento del antiguo Egipto.

HERÓDOTO

El historiador griego Heródoto de Halicarnaso visitó Egipto en el Siglo V a.C., más de 2.000 años después de la construcción de la Gran Pirámide según su propia datación basada en los relatos que llegaron a sus oídos y que describe en su II Libro de la Historia.
Por sí mismo, este periodo de más de 2.000 años, debería constituir un serio revés para la credibilidad de sus escritos. En su obra recoge las narraciones que sus guías le cuentan, como la utilización de 100.000 hombres, reemplazados cada tres meses por nuevos trabajadores que inicialmente necesitaron diez años para la construcción del terraplén y las infraestructuras que facilitarían en otro periodo de veinte años más, la realización final de la pirámide-tumba del soberano Keops.

En cualquier caso, no debemos olvidar que estos hechos no son constatados personalmente por Heródoto, sino que él sólo se limita a recopilar información de la gente que allí le rodea, y que con casi toda seguridad era desconocedora real del complejo arqueológico de Giza, como lo demuestra que en ningún momento se hiciese referencia a la existencia de La Esfinge, cubierta de arena por el paso de los
siglos. Algo tan poco científico como el uso de mitos y leyendas, constituye una de las argumentaciones básicas de la egiptología oficial.

HOWARD VYSE

Pero a la prueba documental que Heródoto presentaba, le faltaba una física que terminase definitivamente con cualquier duda que muy razonablemente pudiera surgir de los "cotilleos" que Heródoto había recogido en Egipto.

Y con esa idea llegó el 29 de Diciembre de 1.835 el coronel retirado del ejercito británico, Richard Howard Vyse, perteneciente a una ilustre familia a la que su forma de vida y andanzas no habían enorgullecido precisamente, en pocas palabras, este militar nieto del Conde de Staffor era la oveja negra de tan aristocrática familia. Por aquellos tiempos estaba muy de moda la investigación de las culturas del Medio Oriente y Egipto, y después de hacerse con un visado especial del consulado británico, se dispuso a cubrirse de gloria colaborando con el italiano G.B. Caviglia en la zona arqueológica de Giza. Pero en febrero de 1.837, después de varias discusiones y enfrentamientos, H. Vyse expulsó a Caviglia. El tiempo pasaba y H. Vyse no conseguía los resultados apetecidos que le proporcionasen la fama y el éxito que tanto anhelaba y que le reconciliase con su familia y el resto de la alta sociedad inglesa, como él mismo reflejó en su diario el día 27 de Enero de 1.837.

Sus esfuerzos en esos momentos se centraban en las sospechas de una cámara superior (ya Caviglia pensó en esta posibilidad) a la descubierta por Davidson en 1.765. Hombre directo y pragmático, encargó a su colaborador el ingeniero J.S. Perring, los preparativos para hacer saltar por los aires a base de pólvora uno de los sillares del techo de la Cámara de Davidson. Así y de este modo, los días 30 de marzo, 27 de abril, 6 y 26 de mayo, H. Vyse y J.S. Perring fueron descubriendo el resto de cámaras de descarga, que bautizaron con los nombres de Wellington, Nelson, Arbuthnot y Campbell. En las dos últimas de estas cámaras observó algunos signos de color rojo, como los que utilizaban los antiguos canteros egipcios, y en la última de las cámaras detectó la presencia de un cartucho con el nombre de un faraón, CH-U-F-U (Keops). La gran noticia dio la vuelta al mundo, su deseo se convirtió en realidad, de ser un don nadie pasó vertiginosamente a ser uno de los hombres más conocidos y afamados de todo el mundo.

Entre los dos millones y medio de bloques que forman la Gran Pirámide, H. Vyse había encontrado una única señal existente con el nombre de su constructor, en un lugar no destinado a ser visto por nadie.

Excepto a sus colaboradores más allegados, prohibió la entrada a todo el mundo, enviando copias de los jeroglíficos encontrados a quienes las solicitaron. Entre ellos el Doctor Samuel Birch, especialista en jeroglíficos, quien dió la primera voz de alarma al extrañarse de que el cartucho estuviese escrito en caracteres semihieráticos, un tipo de escritura de jeroglíficos lineales que no existían aún en la época del Imperio Antiguo. Incluso el afamado Richard Lepsius también quedó muy sorprendido por la utilización de estos signos.
Algunos investigadores como Zecharia Sitchin argumentan la utilización de la obra de Sir John Wilkinson, Materia Hieroglyphica, como la fuente que inspiró a H. Vyse para copiar la escritura de los jeroglíficos, desconociendo un error que el propio J. Wilkinson rectificó más tarde, y que incluyeron sin darse cuenta Vyse y Perring, al introducir en el nombre de CH-U-F-U un símbolo erróneo que equivalía a RA-U-F-U. Del mismo modo sorprende el excelente estado de las pinturas realizadas en una mezcla de ocre rojo, que impiden apreciar su antigüedad con claridad.

Muchas dudas pues atenazan esta "indudable" prueba presentada por la egiptología oficial, para establecer la construcción de la Gran Pirámide en torno al año 2.750 ó 2.580 a.C., por decir alguna fecha.

CONCLUSIONES

Hay un viejo refrán que dice: "Quien tiene boca, se equivoca", y precisamente no es lo que queremos hacer nosotros. Tan sólo pretendemos llamar la atención sobre puntos muy poco claros de toda esta historia, y que algunos se han propuesto establecer como auténticos dogmas de fe.

En primer lugar recordar que el relato de Herodoto está basado en mitos y leyendas, las mismas que en otros casos no son ninguna prueba seria para aquéllos que sí defienden en esta ocasión a Heródoto.

En segundo lugar, existen suficientes indicios para hacernos pensar en una actitud fraudulenta por parte de H. Vyse, que ponen en tela de juicio la magnitud de sus descubrimientos y resaltan la necesidad de nuevas pruebas que contrasten con las puestas en duda, la autenticidad de una cronología impuesta y encajada a fuerza de martillazos.

Por último recalcar la existencia de evidencias físicas como la Estela Inventario, que nos hablan de la existencia de la Gran Pirámide o La Esfinge mucho antes de que apareciera la figura de Keops.
¿Y si toda la cronología hasta ahora contada fuese un error?.
En el año 1.850 fue descubierta por Auguste Mariette (el mismo que fundó el Museo Egipcio de El Cairo), una estela de piedra caliza en un templo cercano a la Gran Pirámide que en su tiempo ordenó restaurar el Faraón Keops y dedicado al culto de la Diosa Isis. Esta estela que se puede ver en este mismo museo, por el contenido de sus inscripciones bien podría tener el nombre de la "Estela Maldita". Ningún egiptólogo que se tenga por serio y respetuoso con el orden establecido en la historia, admite que esta estela sea verdadera, sino una falsificación de mal gusto de algunos sacerdotes que la copiaron de una más antigua e introdujeron algunas modificaciones irrespetuosas hacia los gobernantes de la IV Dinastía, con los que no debían simpatizar mucho.
La razón para que todo este asunto tan rocambolesco sea así, es verdaderamente inquietante. Las inscripciones que contiene son lo suficientemente claras para negar la propiedad de la Gran Pirámide al mismísimo Keops, así como las otras dos existentes a Kefrén y Micerinos. Y lo más curioso de esta historia es que, fue el propio Keops quien redactó esta estela, y donde él mismo solamente se erige como constructor en Giza, de una de las pequeñas pirámides satélite que están junto a la Gran Pirámide, y que dedicó a una de sus mujeres, llamada Henutsen.

La presencia física de pirámides en la I Dinastía, como la que aparece en la Tablilla de Narmer, que demuestran su presencia bastante  antes de la supuestamente primera pirámide atribuida al Faraón Zoser de la III Dinastía. O simplemente, las muchas leyendas como la recogida también por Herodoto, que datan a la Gran Pirámide en épocas antediluvianas. Y es que como dice un viejo dicho: ..."La misma luz que guía a algunos, ciega a otros"... .


¿CÓMO SE CONSTRUYÓ?

Son muchas las preguntas en cuanto a su diseño y realización que la Gran Pirámide nos plantea. Sin duda, a parte de la increíble realización técnica que presenta esta construcción, lo que más sorprende a nivel popular es el desplazamiento y ubicación de los más de dos millones y medio de bloques que la forman.

Su alineación norte-sur no supera el metro de error, menos de 1/15 de grado. El perímetro de la base sobre la que se asienta es un plano horizontal que raya la perfección y que para sí muchos edificios modernos lo quisieran. Donde la esquina sudeste es nada más que un centímetro y medio más alta que la esquina noroeste, y se dan datos tan sorprendentes, calificados de simple casualidad, como que al dividir la superficie de la base por la altura doble de la pirámide, se obtiene el número Pi (3,1416).

A pesar de que la egiptología oficial admite que los antiguos egipcios no dispusieron de poleas, carros o herramientas de hierro, atribuyen su construcción a base de fuerza bruta, rampas, trineos, grúas y otros artilugios de los que jamás dejaron constancia escrita en ningún lugar, pero que no dudan que fueron utilizados por aparecer representados en la construcción de otras obras, aunque muchas de estas sean de periodos muy tardíos.
Si bien la piedra caliza proveniente de las canteras próximas de la orilla este del Nilo podían ser trabajadas por los punteros de cobre (el material más duro del que disponían), más extraño resulta el corte, pulido, traslado y ubicación de bloques de granito procedentes de las canteras de Asuán. Se cree, que se tuvo que utilizar una gran cantidad de madera para fabricar los diferentes utensilios que sirvieron de apoyo a la elaboración de la Gran Pirámide, a pesar de la inexistencia de este preciado material en Egipto, y que se piensa trajeron del Libano.

Luego con multitud de rampas de ladrillos, de adobe y  de arena, que continuamente tenían que corregir por el cambiante ángulo de inclinación a medida que subía la pirámide, se supone que arrastraban los bloques con rodillos y trineos hasta su lugar final de colocación, aunque otros egiptólogos se aferran a la posible utilización de las "máquinas" que según Heródoto, subían los bloques de una hilera a otra de la pirámide, y de las que no dejó ninguna descripción material ni de su uso, pues una vez más solo se limitó a narrar lo que le contaron.

COMIENZAN LAS DUDAS

Semejante esfuerzo material, económico, humano y logístico, plantea una serie de dudas razonables que molestan enormemente a aquellos que no ven ningún tipo de dificultad extraordinaria (en más de una ocasión hemos oído decir que una pirámide no es más que un amontonamiento simple de piedras) y que se podrían resumir muy bien en unas reflexiones de Erich von Däniken (ya sabemos que su solo nombre produce más de una jaqueca) hace en su libro "Los Ojos de la Esfinge", y que pasamos a reproducir:

"...Pongamos que en un año hubieran 300 días laborables. Si se dividen los 125.000 bloques por los 300 días laborables (125.000 bloques = 2.500.000 bloques divididos por 20 años), se obtiene que cada día se añadían a la obra 416,6 bloques. Al ver cifras tan grandes uno se vuelve generoso. Supondré pues, que esos pobres obreros se pasaban trabajando cada día de 12 a 24 horas, ¡una jornada laboral inhumana!.
416 Sillares al día, divididos por 12 horas, dan como resultado 34 bloques por hora; si dividimos nuevamente esta cifra por 60 minutos, se obtiene que esa pobre gente trabajaba a destajo colocando un bloque cada dos minutos. Este simple cálculo se basa en la suposición de que los bloques ya estuvieran preparados y listos para el uso; sin embargo, no era éste el caso: las piedras tenían que ser aserradas de una gran roca y luego labradas y pulidas hasta obtener la forma y la medida deseadas; por último, había que transportarlas al lugar de las obras.

A pesar de los recursos técnicos de que disponemos hoy en día, nunca podríamos alcanzar un nivel tan alto. En contra de este cálculo, que da por resultado un valor medio, se han utilizado argumentos capciosos, que intentan demostrar la imposibilidad de hablar de promedios diciendo que se necesitaba trabajar mucho menos para levantar los niveles inferiores que los superiores.
Además, objetan, a medida que crecía el monumento se precisaban cada vez menos monolitos. Pero, ¿qué tiene que ver eso con la existencia de un valor promedio?. No hay que olvidar que cuanto más aumentaba la altura de la pirámide, tanto más se elevaba la hipotética rampa; cuando más se levantaba el grandioso edificio tanto mayor era el esfuerzo necesario para izar los enormes bloques de piedra..."

A nuestro juicio, solo añadiríamos un pequeño detalle más a este promedio del Sr. Däniken, que cifra en un bloque cada dos minutos la media de colocación alcanzada por los constructores de la Gran Pirámide. Este cálculo cuenta con que cada una de estas moles fue insertada al primer intento, sin rectificaciones ni reajustes en el tallado de su superficie, por ejemplo, a 130 metros de altura. ¿Cómo se explica este hecho?.

¿Se ajusta el cálculo de los 300 días a la realidad?. El calendario que mantenían los antiguos egipcios, dividía el año en tres estaciones, y determinaba todo tipo de actividades laborales, religiosas, políticas y sociales. La primera estación era la de la Inundación (Ajet), desde mediados de junio hasta mediados de octubre, periodo de la crecida del Nilo y la preparación de los campos de cultivo. La segunda de estas estaciones era la de la Germinación (Peret), que desde mediados de octubre a mediados de febrero, constituía un periodo de espera en las actividades agrícolas. Por fin con la llegada de la última de las estaciones, la de la Cosecha (Shemu), todo Egipto se lanzaba a la ardua tarea de la recolección.

Si aplicamos un poco de sentido común, sólo la Estación de la Germinación (Peret) facilitaba  un periodo adecuado para volcarse en las tareas de trabajo en la Gran Pirámide, e incluso así, dado el enorme fervor religioso de los egipcios, numerosas fiestas salpicaban también esta estación. Por tanto el cálculo hecho sobre 300 días es, cuanto menos, bastante generoso.

EL DIOS DE LA CASUALIDAD

Este dios no figura entre el panteón egipcio que nosotros sepamos, pero fue el que más ayudó a los antiguos egipcios a finalizar la laboriosa Gran Pirámide. Al menos esa es la conclusión a la que nos vemos forzados a llegar ante la increíble cantidad de casualidades técnicas detectadas en la construcción del monumento.
Pertrechados de una exigua cantidad de herramientas, y de una simplicidad abrumadora, consiguieron realizar verdaderos trabajos que hoy en día sólo después de semanas o meses de planificación y estudio por parte de nuestros ingenieros, pueden llevarse a cabo no sin una gran dificultad. Y es que el gran Dios Casualidad tuvo que hacer horas extras para que F.Petrie se quedara boquiabierto comprobando las medidas tan exactas de la Cámara del Rey, cuya pared norte según sus cálculos mide 10,4797 metros y la del sur 10,4782 metros, tan sólo 1 décima de milímetro por metro de error, cantidad que coincide (eso si, sólo por causalidad, no lo olvidemos) con las modernas normas para prismas ópticos. Lo mismo ocurrió con las medidas de los lados de la base de la pirámide, donde sólo se aprecia un error de 3 milímetros, siendo trazados estos lados con cuerdas de palma, muy a pesar de que hoy en día con nuestros ultramodernos sistemas serían necesarios para aproximarse a este margen de error, si es que queremos llamarle así, sofisticados equipos ópticos.
Y cómo no, también es obra del Dios Casualidad, la alineación con los puntos cardinales, la inclinación de los lados en un ángulo exacto de 52 grados, en el que la altura de la pirámide en relación con su circunferencia es la misma que la del radio de un círculo con su circunferencia, la base cuadrada, y tantos otros detalles que indican un claro y elevado grado de conocimiento de matemáticas, geometría, astronomía, física, etc, por parte de sus constructores, a los que por poner un sólo ejemplo, se les creía dotados de unos niveles matemáticos comparables a los de un niño de 9 ó 10 años escogido al azar en cualquier colegio de educación básica.

Unas pocas docenas de tumbas de los supuestos constructores de la Gran Pirámide fueron descubiertas no hace mucho tiempo en sus proximidades, para la alegría de los egiptólogos oficialistas. Estas tumbas constituyen una de las pruebas irrefutables de sus teorías, pues "increíblemente", algunos de los huesos de estos esforzados trabajadores llevan impresas las señales de semejante esfuerzo, aunque no entendamos muy bien (será que no hemos visto las radiografías) que estas lesiones y fracturas fuesen realizadas en rigurosa exclusiva por los bloques de la Gran Pirámide. ¿Acaso olvidarán que existen otras construcciones en Giza, realizadas durante distintas épocas?.

ALQUIMISTAS EN EL ANTIGUO EGIPTO

Una vez más, poco sabemos de cómo fue construida la Gran Pirámide, sólo existen especulaciones basadas más en deseos que en evidencias materiales, documentales, o en necesidades particulares de conformar una cronología de la historia de Egipto,  aunque se nos antoja muy difícil creer en el modo que nos aseguran los sectores más ortodoxos de la egiptología, sobre todo porque no cuadran las cifras, y mucho menos los resultados obtenidos con los medios "técnicos" supuestamente empleados.

Lo que si parece, es que existió en algún momento el conocimiento de alguna técnica capaz de ablandar las rocas, y que facilitaría la labor de corte, tallado y traslado de éstas, aunque por sí misma, ésta teoría no nos arroje luz a todas las incógnitas que tenemos al respecto.

No sólo en Egipto, sino en otros muchos lugares del mundo, especialmente Sudamérica, existen indicios de estas prácticas alquimistas. En el caso de Egipto, ya hemos comentado los trabajos de Joseph Davidovits, cuando nos referíamos a la Estela del Hambre en la Isla de Sehel, donde argumenta la existencia de una relación de componentes necesarios para preparar este "cemento o ablandador divino".
La presencia de pelos, uñas y fibras textiles encontradas en análisis de rocas, así como el índice de humedad de los bloques de la Gran Pirámide distinto al de las rocas naturales, hacen factible la posibilidad de esta hipótesis. El investigador español Manuel José Delgado, ha descubierto docenas de pequeñas piedras que muestran el efecto del reblandecimiento en su estructura, en la meseta de Giza.

Sea como fuere, no deja de ser un acto de soberbia, no sólo ya el establecer a ciencia cierta cómo fue construida la Gran Pirámide, sino burlarse o negar la posibilidad de otras teorías, pues si hay algo cierto dentro de este rompecabezas, es el de la existencia de un saber oculto y perdido de los antiguos egipcios.

¿QUIÉN LA LEVANTÓ?

Ya veíamos anteriormente, cuando nos referíamos a su posible fecha de construcción que, aparecía como autor el Faraón keops, nombre helenizado de Khufu, hijo del mayor constructor de pirámides y fundador de la IV Dinastía, el Faraón Snefrú.

El mantenimiento de este nombre se sustentaba, como hemos visto también, tanto en pruebas documentales históricas como pruebas físicas. El relato de Heródoto por un lado y los jeroglíficos con el nombre de Keops encontrados en las últimas cámaras de descarga por parte del inglés H. Vyse, han sido más que suficientes pruebas para dar por cerrado un capítulo de la historia de la humanidad.

Llegados a este punto (con permiso de nuestros eminentes egiptólogos) debemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿No existen otros relatos de la antigüedad, ni otras pruebas físicas que contradigan el nombre de Keops como el constructor de la Gran Pirámide?. ¿Debemos siempre creernos todo lo que nos cuentan sin rechistar y no ser chicos malos?.

LAS OTRAS PRUEBAS DOCUMENTALES

Antes de ver otro tipo de pruebas que no indican precisamente a la figura del Faraón Keops la autoría de la Gran Pirámide, sería muy,  pero que muy interesante, saber que el mismo Heródoto deja muy claro en su obra, y citamos textualmente que...: "...si alguno hubiere a quien se hagan creíbles esas fábulas egipcias, sea enhorabuena, pues no salgo fiador de lo que cuento, y sólo me propuse por lo general escribir lo que otros me referían...". Poco más que añadir a este sincero comentario aclaratorio, a buen entendedor pocas palabras bastan y..., quien quiera seguir aferrándose a las teorías oficiales para aparentar ser un "individuo serio y respetable", allá él,  nosotros no comemos de ninguna mano.

Y ésta misma sensación de "incredulidad" o "prudencia" a la hora de relatar este capítulo de la historia, no ha sido propiedad exclusiva de Heródoto. Otros historiadores preocupados en establecer una prueba fiable y un nombre seguro que identifique al autor de este monumento, han tropezado con el mismo problema.

Euemero, Duris de Samotracia, Aristágoras, Dionisio, Artemidoro, Alejandro Polihístor, Butóridas, Antístenes, Demetrio, Demóstenes, Apión, etc, constituyen una larga relación de historiadores, filósofos, pensadores, etc, a quienes, al igual que a Heródoto, siempre les quedó esa sensación de duda alimentada por el paso de siglos y siglos encargados de borrar cualquier vestigio fiable de una realidad perdida.

Diodoro de Sicilia, otro de los historiadores que visitó Egipto al igual que Heródoto, sufrió el mismo impacto causado por el tiempo, y en esta ocasión los nombres que le señalan sus guías son diferentes a los que les fueron dados a Heródoto. Ahora los constructores de las Pirámides de Giza son Armoeus, Ammosis e Inaron. Para hacernos idea de este descontrol de fechas y tiempo transcurrido, el propio Diodoro escribe: "...como dice la gente del lugar, desde los tiempos en que se levantó el edificio hasta el día de hoy han transcurrido más de mil años, y hay quien afirma que los años pasados llegan a los tres o cuatro mil...". Como podemos ver, es totalmente gratuito aferrarse a fechas concretas, y quien esto hace, no es más que por vanidad e interés.

Ayer al igual que hoy, sólo nos movemos en el terreno de la especulación, nada ha cambiado desde entonces. Unos señalan con el dedo y otros son señalados. El continuar sustentando como prueba irrefutable el relato de Heródoto (del cual él mismo desconfía), no es más que una señal inequívoca de soberbia y prepotencia. Bien vale defenderlo como hipótesis pero... nada más.
Existen numerosas leyendas árabes que señalan la autoría de la Gran Pirámide y sus dos compañeras, a reyes míticos como Harmais, Saurid, Idris, etc. El cronista árabe Ben Wasif Sah Al-Katib nos narra en su obra "Noticias sobre Egipto y sus maravillas" que el Rey Saurid fue uno de los soberanos antediluvianos de los que nos hablan sacerdotes egipcios como Maneton, en sus increíbles cronologías divinas y humanas. Este rey hizo construir las dos grandes pirámides de Giza para salvaguardar todos los conocimientos de la humanidad de un diluvio que él vio en un sueño, y que acabaría con gran parte de la civilización.

El relato de Heródoto cumple las premisas necesarias para resultar "creíble", pues encaja a la perfección con una teoría preestablecida de antemano y que obedece más a unos deseos que a una prueba sólida. Una vez más somos víctimas de los prejuicios de nuestra época que tienden a ignorar otras realidades, y que sólo el tiempo podrá destapar.

INTERESES CREADOS

Del mismo modo que existe un claro interés en hacer prevalecer la crónica de Herodoto, una fábula egipcia según palabras del propio autor, sobre el resto de relatos que nos han llegado, ese mismo interés reaparece de nuevo al magnificar unos más que sospechosos jeroglíficos descubiertos por H. Vyse, en una cámara cuyo propósito no era precisamente el de servir de lugar de paso para que algún visitante alabase el nombre de tan magnífico constructor.

Por el contrario, no han faltado todo tipo de ataques cuando no la más absoluta indiferencia, a la estela descubierta por el fundador del Museo Egipcio de El Cairo, el francés Auguste Mariette, y conocida con el nombre de la Estela Inventario, en la que el mismísimo Keops (y eso sí que duele) deja muy "clarito" para la posteridad su testimonio de que la Gran Pirámide ya existía hace mucho tiempo atrás, y a la que identifica como un antiquísimo monumento en honor de la Diosa Isis. El sólo se limitó a hacer pequeños trabajos de rehabilitación y a construir una pequeña pirámide satélite para una de sus mujeres, dato éste comprobado por los arqueólogos.
La rotundidad de dichas afirmaciones sirven por sí solas para poner patas arriba toda la historia de Egipto. Muy poco amigos de revoluciones, los egiptólogos han preferido ignorar la estela de Mariette, tachándola de fraudulenta, más que por pruebas materiales (imposibles de demostrar), por el contenido de sus lapidarias conclusiones. Es por ello que ni encaja, ni es creíble a sus oídos. ¿Cuándo demostrarán materialmente que la Estela Inventario es falsa?. Nunca. Como una piedra que es, no se puede datar. Entonces..., ¿por qué están tan seguros?.

No nos engañemos, no existen pruebas documentales y físicas claras que determinen la propiedad de la Gran Pirámide, lo mismo que no existe un consenso claro de tan siquiera situar cronológicamente el reinado del Faraón Keops, y si para dormir más tranquilo alguien desea creerlo así, está en su pleno derecho.

Lo que sí existe es un interés manifiesto por parte de individuos que han hecho de una parte de nuestra historia, la historia de todos, una parcela de uso y disfrute privado. No pretendemos ser pesimistas, pero vemos muy difícil el desarrollo de una investigación pluridisciplinaria y sin ningún tipo de prejuicios que saque a la luz éstas y otras incógnitas que forman parte del Egipto oculto y desconocido.

¿PARA QUÉ SE HIZO?

Si hasta ahora no nos ha quedado nada claro el cuándo, cómo y quién construyó la Gran Pirámide, el tratar de hablar de para qué uso se destinó, resulta totalmente gratuito por faltarnos las referencias suficientes que nos puedan dar alguna pista medianamente fiable. Existe una larga lista de posibles aplicaciones, aunque la que prevalece, como no podía ser de otra manera, es la de su utilización como monumento funerario o como teoría más atrevida entre los círculos oficiales, la de estar destinada a ritos y celebraciones religiosas de carácter especial.

A nosotros particularmente se nos antoja un tanto difícil y extraño, imaginar el paso de una pomposa comitiva de sacerdotes medio arrastras por los tortuosos pasajes y galerías que recorren la Gran Pirámide, por pasillos de un metro de ancho y poco más de altura, que no resultan los más apropiados para ningún tipo de rito o celebración. Incluso el paso del difunto faraón por estos exiguos corredores se aproxima más a una película de los hermanos Marx que a cualquier ceremonia que podamos imaginarnos, pongamos por ejemplo, en el grandioso Templo de Karnak.

Con la técnica y perfección demostrada por los arquitectos egipcios, ¿qué más les hubiera dado hacer las galerías de mayor tamaño, más acordes con la grandeza de su faraón o de los dioses a los que adoraban?.
Nada de lo realizado en la Gran Pirámide parece escapar a un diseño premeditado por parte de sus constructores. Alineaciones y medidas parecen estar milimétricamente dispuestas, obedeciendo a un plan maestro totalmente desconocido para nosotros. Si los antiguos egipcios eran capaces de mover moles de 800 toneladas, ¿qué dificultad habrían tenido en hacer pasajes más holgados y solemnes para el paso de sus comitivas funerarias o religiosas?. ¿Por qué la Gran Galería tiene una altura desproporcionada respecto al resto de los pasajes?.

Y LOS MUERTOS, ¿DÓNDE ESTÁN?

Esta pregunta nos la tenemos que plantear por la sencilla razón de que jamás se ha encontrado ningún difunto en el interior de una Pirámide. La solución a esta incógnita ha sido siempre resuelta culpando a los ladrones de tumbas, que no sólo robaban las joyas y demás riquezas, sino que extraían el cadáver para ultrajar su memoria.

Esta teoría no deja de tener gran parte de lógica. Son muchos los años transcurridos para haber dado la oportunidad a diferentes generaciones de ladrones y saqueadores de barrer con todas las riquezas depositadas en el interior de tumbas y pirámides. Ahora bien, como toda teoría tiene un pero. Al igual que ha habido tumbas que han sido descubiertas intactas, sin señal alguna de saqueo, como sería el famoso caso de la Tumba de Tutankhamón en el Valle de los Reyes, también han aparecido pirámides en las mismas condiciones de inviolabilidad.

SEKHEMJET, OTRA PIEZA QUE NO ENCAJA

Sekhemjet, fué uno de los últimos faraones de la III Dinastía, que siguiendo la moda impuesta por Zoser, hizo construir su pirámide en la necrópolis de Sakkara, allá por el año 2.600 a.C. Se desconoce exactamente si llegó a finalizar la estructura completa de la pirámide o bien si ésta fue reutilizada posteriormente por sus sucesores, sirviendo sus bloques para nuevas construcciones. El caso es que la cámara funeraria subterránea quedó en el más completo de los olvidos durante miles de años hasta que en 1.951, el arqueólogo Zakaria Goneim descubrió entre los cascotes de la pirámide, la puerta de entrada. Para poder acceder a la cámara funeraria, fueron necesarios casi tres años de limpiezas de escombros acumulados en el corredor de bajada, lo que nos dará una idea de la dificultad que hubieran encontrado posibles ladrones.

La flor y nata de la egiptología, política, medios de comunicación y curiosos, se dieron cita el día 8 de marzo de 1.954, para poder ver por fin el cadáver de un faraón en el interior de una pirámide, la prueba definitiva con la que callar de una vez por todas a aquellos "intrusos" y "alucinados", que habían osado poner en duda las afirmaciones de la egiptología oficial.

El mismísimo señor Ministro de Cultura de Egipto, tuvo el honor de dar el último mazazo sobre el muro que daba acceso a la cámara funeraria, donde se encontró un imponente sarcófago de alabastro rodeado de joyas y otros restos del ajuar funerario, y un sorprendente ramo de flores, que aún marchitas por el paso de miles de años, yacían sobre la parte superior del féretro. El perfecto estado del sarcófago, realizado en un sola pieza de un gran grosor, con una puerta corredera, provoco retrasar la operación de apertura de éste, hasta el 26 de julio. Este retraso aumentó más el interés entre los medios de comunicación y la opinión pública, que siguieron expectantes el gran acontecimiento.
En el día señalado, los más modernos equipos de conservación para recibir a tan importante invitado de 4.600 años de antigüedad, se quedaron mudos de sorpresa cuando el propio Zakaria Goneim, tras introducir su cabeza en el interior del sarcófago, aseguraba desconsolado que, no había nada ni nadie en el interior del féretro. Posteriores análisis químicos reafirmaron categóricamente la total ausencia de restos orgánicos. Entonces..., ¿dónde estaba el muerto?.

Y de nuevo volvemos al terreno de la especulación (¿cuántas veces van ya?), al tratar de averiguar el verdadero uso de las pirámides, y más concretamente el de la Gran Pirámide.

A menudo se asegura (no deja de ser una huida hacia adelante) que las pirámides sólo eran las tumbas de las almas de los difuntos faraones, y que sus cuerpos eran depositados en otro lugar. Parece que el sentido pragmático de los antiguos egipcios era totalmente nulo (entre nosotros: una panda de imbéciles e ignorantes), y que el sustento diario les venía regalado del cielo, porque sino, no se entiende una tumba de 2.500.000 de bloques de piedra, y la ruina de un estado y toda una dinastía real como una y otra vez nos aseguran que sucedió con la locura de Keops y compañía.
 

CONCLUSIONES FINALES

Tumba, templo, biblioteca en clave del saber humano, reactor nuclear, baliza para naves espaciales, generador de energías desconocidas o simple montón de piedras producto de la locura del hombre, la Gran Pirámide, sea cual sea su función o funciones sigue constituyendo uno de los enigmas de mayor envergadura al que el hombre se puede enfrentar. Lo es ahora y lo fue también en tiempos de Heródoto, Diodoro de Sicilia o Napoleón.

Su inmensa figura recortada por el cielo de la meseta de Giza, desafía la lógica humana y se burla siglo tras siglo de todas las conclusiones precipitadas de aquellos que tratan de amoldar sus formas e historia a su conveniencia, conocimientos y prejuicios de cada época.

Y nosotros..., quienes escribimos estas líneas, ¿no nos mojamos?, ¿no damos nuestra opinión?, ¿preferimos seguir criticando a diestro y siniestro sin aventurarnos a formalizar una teoría como el que más?.
Sólo podemos asegurar que existen suficientes indicios que señalan a la Gran Pirámide, como la primera y más antigua pirámide de Egipto. Que Keops no fue su constructor, por lo que su datación en la IV Dinastía es totalmente errónea. Que su diseño, al igual que otros monumentos asociados al Antiguo Imperio, nada tienen que ver con el resto de los existentes en Egipto, y que denuncian el uso de unos conocimientos y una tecnología, que nos llevan a sospechar cualquiera de los tres siguientes puntos, y que son parte de la filosofía de organizaciones como la Ancient Astronaut Society, fundada a mediados de los años setenta por Gene M. Phillips:

-A-. Existió en la antigüedad una civilización totalmente desconocida para nosotros, con un alto desarrollo cultural y tecnológico.

-B-. Hace miles de años, la Tierra fue visitada por alguna civilización exterior a nuestro planeta. Su paso dejo huella en distintas civilizaciones antiguas en forma de tecnología y conocimientos que fueron involucionando progresivamente, tras la marcha de estos visitantes.

-C-. La combinación de ambos puntos anteriores.

El uso y la utilización de la Gran Pirámide, vendrían pues determinados por las necesidades de esta civilización desconocida y que nuestra lógica, factor determinante para la creación de nuestros parámetros técnicos y culturales de enjuiciamiento, no son capaces de asimilar.

Creemos pues, que sólo una revisión en toda regla y desde todos los campos de la ciencia de nuestra historia junto a sus enclaves arqueológicos más importantes, serían capaces de arrojar algo de luz a nuestro pasado, y por qué no, también a nuestro futuro.

Sabemos que por infinidad de lastres religiosos, políticos, económicos y demás intereses que nuestra sociedad mantiene, hoy por hoy, cualquier tentativa revisionista, no deja de ser más que una utopía.

TRES CLASES HAY DE IGNORANCIA: NO SABER LO QUE DEBIERA SABERSE, SABER MAL LO QUE SE SABE, Y SABER LO QUE NO DEBIERA DE SABERSE.
F. de la Rochefoucauld

El tiempo y sólo el tiempo pondrá a cada uno en el lugar que se merece.
 
 

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