| El
enigma mejor guardado
La gran Pirámide y los dogmas de la egiptología |
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enviado para Civilizaciones Antiguas
por Carlos Enrique Casero García carlos_orion@ctv.es Webmaster de Egipto Oculto |
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¿Cuándo, cómo, por quién y para qué?, son las típicas preguntas que asaltan la curiosidad de todos aquellos que han contemplado la imponente figura de la Gran Pirámide. A pesar de los miles de libros que se han escrito durante muchos años y el haber llamado la atención de miles de científicos, filósofos y otra larga legión más de admiradores, las respuestas a estas cuatro preguntas siguen constituyendo uno de los enigmas más ocultos de toda la humanidad. A cada una de estas cuestiones iremos respondiendo a medida que profundicemos en el estudio de la más importante construcción de todos los tiempos, por lo que inicialmente nos dedicaremos exclusivamente a describir las características físicas y curiosidades que en la Gran Pirámide se pueden apreciar. EL EXTERIOR DE LA GRAN PIRÁMIDE En la actualidad el exterior de la Gran Pirámide aparece muy deteriorado. Basta pensar que durante siglos ha servido de cantera a innumerables edificaciones de la cercana Ciudad de El Cairo. Se cree que permaneció con su estructura original hasta los siglos XII o XIII, pues según las crónicas fue durante este momento histórico cuando Egipto sufrió enormes terremotos que pudieron afectar al revestimiento que cubría toda la pirámide y que se cree estaba pintado de un color amarillento. Este revestimiento del cual todavía se pueden apreciar algunos bloques de más de tres metros cuadrados, ha maravillado a distintos estudiosos por el perfecto paralelismo a lo largo de sus aristas y por haber sido colocados utilizando yeso rápido de fraguado. El mismísimo William Matthew Flinders Petrie (1835-1942) pudo comprobar sobre el terreno que, no existía señal alguna de arrastre de los bloques, ni puntos de engarce para cuerdas, con lo que inevitablemente cada uno de estos bloques tuvo que ser colocado al primer intento, nada más y nada menos que cerca de 27.000 bloques perfectamente pulidos y encajados a la primera, sin margen de error para posteriores rectificaciones. Debajo de este impresionante revestimiento, casi dos millones y medio de bloques, en su mayoría de piedra caliza, aunque existen bloques de mayor dureza como el granito en su interior. Su altura de 146,6 metros (en sus orígenes) y una masa aproximada de tres millones de metros cúbicos asentados sobre una superficie de cincuenta y tres mil metros cuadrados (8 campos de fútbol), la hacen alcanzar los siete millones de toneladas, midiendo cada uno de sus lados 230 metros. Es una pirámide perfecta en la que sus lados se alzan en un ángulo de 52 grados. Toda esta gigantesca mole
está asentada sobre una plataforma nivelada artificialmente, con errores
mínimos que no alcanzan los 2,5 centímetros en algunos puntos, siendo la
base perfectamente cuadrada, lo que no deja de constituir por si mismo
un auténtico logro técnico, incluso para nuestra época. Los bloques de
piedra que la forman están cortados con gran precisión, ajustándose unos
a otros milimétricamente, sin necesidad alguna de argamasa. La media de
peso en cada uno de los bloques oscila entre las dos y dos toneladas y
media, aunque existen bloques que sobrepasan fácilmente las sesenta toneladas,
realizados en granito procedente de las canteras de Asuán, mil kilómetros
más al sur.
LA ENTRADA A LA GRAN PIRAMIDE En el año 813 d.C., Abdullah Al Mamún accedió al poder en la Ciudad de Bagdad. Sus ansias de conocimientos le llevaron a fundar universidades y a ser un mecenas de la literatura, las ciencias y el arte. Dentro de sus dominios, la Gran Pirámide se le presentaba como una gran oportunidad de acrecentar su innata necesidad de saber más y más, envuelto todo ello en una nube de misterio que distintas leyendas alimentaban desde tiempos remotos, en las que se hablaba de grandes tesoros ocultos en el interior del milenario monumento. Así, en el año 820 rodeado de un nutrido equipo de técnicos y colaboradores, se dispuso a perforar un túnel para acceder al interior de la Gran Pirámide. Tras repetidos intentos sobre la dura piedra y gracias a la aplicación de hogueras sobre los bloques para ponerlos al rojo vivo, combinado con vinagre frío y golpes de ariete, consiguieron abrir poco a poco un túnel en dirección norte-sur, con una desviación final al este que les llevó a través de 38 metros a comunicar con el Canal Ascendente y el canal que desciende hasta la Cámara del Caos. No queda más remedio que
pensar que fue demasiada casualidad que Al Mamún eligiese un punto exacto
en la Cara Norte de la Gran Pirámide, situado 10 hileras más abajo de la
entrada original secreta para acceder al interior de la pirámide. De algún
modo Al Mamún tuvo que tener acceso a información en la que se hablase
de la entrada original, aunque los obreros dijesen que oyeron caer una
piedra en el interior, y guiándose por este ruido llegaron a alcanzar a
uno de los canales interiores. Tan sólo 27 metros más arriba de la galería
en la que irrumpieron, lograron encontrar la entrada original.
EL INTERIOR DE LA GRAN PIRAMIDE Una vez en las entrañas de la Gran Pirámide, y desde la intersección del pasaje de la entrada original y el abierto por Al Mamún, nos encontramos con la posibilidad de elegir dos opciones. La primera de ellas es la de ascender a través de la estructura de la pirámide por el conocido Canal Ascendente, y la otra es la de introducirnos por debajo de la base de la pirámide por el Canal Descendente excavado sobre el terreno. Este Canal Descendente se
adentra a más de 30 metros de profundidad del nivel de la meseta donde
se asienta la Gran Pirámide, en un recorrido de 105 metros, por un estrecho
y claustrofóbico pasillo que apenas sobrepasa el metro de ancho y 1,22
metros de altura, finalizando en un pequeño pasaje horizontal más estrecho
y bajo, que alcanza los nueve metros y que desemboca en la Cámara del Caos,
un habitáculo que sobrepasa ligeramente los 3 metros de altura y con unas
dimensiones de 14,5 metros de largo por 9 metros de ancho. Destaca en su
pared sur un corredor que tras escasos metros finaliza sin llegar a ningún
objetivo aparente.
Volviendo de nuevo al punto de intersección de los Canales Descendente y Ascendente, se pueden apreciar tres bloques de granito que taponaban el acceso al Canal Ascendente y que tuvieron que ser rodeados en su momento por los hombres de Al Mamún, dada su extraordinaria dureza para ser perforados. Este canal se encuentra perfectamente
pulido a lo largo de sus 25 metros de longitud. Al igual que el Canal Descendente,
su estrechez y altura son agobiantes, 1,05 metros de ancho y 1,20 metros
de alto. Finaliza en la conocida como Gran Galería, a unos 23 metros de
altura sobre el nivel de la base de la pirámide. En el inicio de la Gran
Galería se encuentra otro pasaje que discurre horizontal durante sus 38
metros de recorrido, lo que le da el nombre de Canal Horizontal. Sus características
son muy similares a la del Canal Ascendente, con la peculiaridad de que
a escasos 5 metros del final existe un escalón de medio metro, que aumenta
la altura del canal hasta finalizar en la Cámara de la Reina.
De vuelta a la Gran Galería,
se pueden apreciar a lo largo de sus 45 metros que discurren en un ángulo
de 26 grados, 14 hornacinas a cada lado, que en su origen se cree, albergaron
las figuras de 28 reyes, la de los antepasados de Keops y él mismo. El
techo situado a 8 metros de altura se va estrechando de abajo a arriba,
con siete voladizos superpuestos. El ancho de la galería es de poco más
de dos metros, todo un lujo, aunque el paso se ve limitado a un metro aproximadamente,
por dos pasamanos o bancadas de piedra de medio metro de ancho a cada lado.
Llama poderosamente la atención la perfección absoluta en el trabajo realizado
por los canteros y artesanos que trabajaron los bloques de piedra que forman
la galería, pues el error arquitectónico de los ejes de simetría se mide
sólo en micras, una referencia para cualquier arquitecto de la actualidad
difícil de superar.
Lo primero que llama la atención,
es un cofre de granito rojo sin tapa que mide 229x99x104 centímetros, asociado
con el féretro de Keops, aunque jamás se encontrase ningún indicio que
apoyase esta hipótesis. Por cierto, jamás ha quedado claro cómo pudieron
introducir este cofre por los exiguos pasillos de la pirámide si exceptuamos
su ubicación a cielo descubierto, cuando aún se estaba construyendo la
pirámide. Los lados de esta cámara sobrepasan los diez metros, y sus muros
están formados por cinco hileras de bloques donde se apoyan nueve colosales
bloques de granito de más de 300 toneladas. Al igual que en la Cámara de
la Reina, existen dos Canales de Ventilación, aunque a diferencia de estos,
en esta ocasión si tienen salida al exterior de la pirámide.
La primera de ellas fue descubierta por Nathaniel Davidson en el año 1.765. En 1.837 Howard Vyse descubrió cuatro más, la última de ellas con el techo a dos aguas. Fue precisamente en esta última cámara de descarga llamada Cámara del Coronel Campbell, donde H. Vyse encontró poco antes de que se le terminara el presupuesto para volverse a Inglaterra, el cartucho con el nombre del Faraón Keops en su interior, y que desde entonces a pesar de la polémica y sospechas de fraude, ha constituido la prueba fundamental para atribuir la construcción de la Gran Pirámide a Keops y articular la cronología del Imperio Antiguo. Existe una galería que en el año 1.638 el ingles John Greaves descubrió casualmente, al observar la ausencia de un sillar al inicio de la Gran Galería, y a la que bautizó con el nombre del "Pozo". J. Greaves se adentró poco más de 15 metros, hasta una cavidad natural a la altura de la base de la pirámide. Pero no fue hasta el año 1.817 que Giovanni Battista Caviglia limpió en su totalidad esta galería llena de escombros, hasta comunicar con las proximidades de la Cámara del Caos, en el Canal Descendente, después de recorrer casi 70 metros de un tortuoso y difícil recorrido. Todos los expertos coinciden en que este canal o pozo fue excavado posteriormente a la realización de la Gran Pirámide, pero es un autentico misterio el establecer quién, cuándo y para qué se realizó. Como vemos las mismas preguntas de siempre. ¿CUÁNDO FUE CONSTRUIDA? Las fechas en las que se apoya la egiptología oficial para datar la construcción de la Gran Pirámide, se basan ante todo, en el relato de Heródoto y en el cartucho con el nombre de Keops que H. Vyse descubriera en la última cámara de descarga. Tanto en uno como en otro caso, las fechas sitúan el reinado del faraón Keops (¿2.589-2.566 a.C.?), durante la IV Dinastía en el Imperio Antiguo. Es una más de las muchas que existen, pues a pesar de la certeza absoluta que algunos pretenden demostrar en cuanto al conocimiento de fechas, no hay nada más alejado de la realidad. Existen diferencias abismales, no sólo para datar el reinado de Keops, sino el de cualquier otro faraón de éste Imperio Antiguo. Mientras que el sacerdote Manetón sitúa a Keops como el segundo faraón de la IV Dinastía y vigésimo octavo desde el fundador de la I Dinastía, el mítico Menes, situándolo en el año 4.800 a.C., otras cronologías lo ubican en periodos mucho más recientes que oscilan entre el 2.750 a.C. y el 2.589 a.C., eso sí, como segundo faraón de la IV Dinastía. ¿Por qué no hay unanimidad de criterio en las fechas?. Sencillamente porque nadie quiere admitir su ignorancia en el conocimiento del antiguo Egipto. HERÓDOTO El historiador griego Heródoto
de Halicarnaso visitó Egipto en el Siglo V a.C., más de 2.000 años después
de la construcción de la Gran Pirámide según su propia datación basada
en los relatos que llegaron a sus oídos y que describe en su II Libro de
la Historia.
En cualquier caso, no debemos
olvidar que estos hechos no son constatados personalmente por Heródoto,
sino que él sólo se limita a recopilar información de la gente que allí
le rodea, y que con casi toda seguridad era desconocedora real del complejo
arqueológico de Giza, como lo demuestra que en ningún momento se hiciese
referencia a la existencia de La Esfinge, cubierta de arena por el paso
de los
HOWARD VYSE Pero a la prueba documental que Heródoto presentaba, le faltaba una física que terminase definitivamente con cualquier duda que muy razonablemente pudiera surgir de los "cotilleos" que Heródoto había recogido en Egipto. Y con esa idea llegó el 29 de Diciembre de 1.835 el coronel retirado del ejercito británico, Richard Howard Vyse, perteneciente a una ilustre familia a la que su forma de vida y andanzas no habían enorgullecido precisamente, en pocas palabras, este militar nieto del Conde de Staffor era la oveja negra de tan aristocrática familia. Por aquellos tiempos estaba muy de moda la investigación de las culturas del Medio Oriente y Egipto, y después de hacerse con un visado especial del consulado británico, se dispuso a cubrirse de gloria colaborando con el italiano G.B. Caviglia en la zona arqueológica de Giza. Pero en febrero de 1.837, después de varias discusiones y enfrentamientos, H. Vyse expulsó a Caviglia. El tiempo pasaba y H. Vyse no conseguía los resultados apetecidos que le proporcionasen la fama y el éxito que tanto anhelaba y que le reconciliase con su familia y el resto de la alta sociedad inglesa, como él mismo reflejó en su diario el día 27 de Enero de 1.837. Sus esfuerzos en esos momentos se centraban en las sospechas de una cámara superior (ya Caviglia pensó en esta posibilidad) a la descubierta por Davidson en 1.765. Hombre directo y pragmático, encargó a su colaborador el ingeniero J.S. Perring, los preparativos para hacer saltar por los aires a base de pólvora uno de los sillares del techo de la Cámara de Davidson. Así y de este modo, los días 30 de marzo, 27 de abril, 6 y 26 de mayo, H. Vyse y J.S. Perring fueron descubriendo el resto de cámaras de descarga, que bautizaron con los nombres de Wellington, Nelson, Arbuthnot y Campbell. En las dos últimas de estas cámaras observó algunos signos de color rojo, como los que utilizaban los antiguos canteros egipcios, y en la última de las cámaras detectó la presencia de un cartucho con el nombre de un faraón, CH-U-F-U (Keops). La gran noticia dio la vuelta al mundo, su deseo se convirtió en realidad, de ser un don nadie pasó vertiginosamente a ser uno de los hombres más conocidos y afamados de todo el mundo. Entre los dos millones y medio de bloques que forman la Gran Pirámide, H. Vyse había encontrado una única señal existente con el nombre de su constructor, en un lugar no destinado a ser visto por nadie. Excepto a sus colaboradores
más allegados, prohibió la entrada a todo el mundo, enviando copias de
los jeroglíficos encontrados a quienes las solicitaron. Entre ellos el
Doctor Samuel Birch, especialista en jeroglíficos, quien dió la primera
voz de alarma al extrañarse de que el cartucho estuviese escrito en caracteres
semihieráticos, un tipo de escritura de jeroglíficos lineales que no existían
aún en la época del Imperio Antiguo. Incluso el afamado Richard Lepsius
también quedó muy sorprendido por la utilización de estos signos.
Muchas dudas pues atenazan esta "indudable" prueba presentada por la egiptología oficial, para establecer la construcción de la Gran Pirámide en torno al año 2.750 ó 2.580 a.C., por decir alguna fecha. CONCLUSIONES Hay un viejo refrán que dice: "Quien tiene boca, se equivoca", y precisamente no es lo que queremos hacer nosotros. Tan sólo pretendemos llamar la atención sobre puntos muy poco claros de toda esta historia, y que algunos se han propuesto establecer como auténticos dogmas de fe. En primer lugar recordar que el relato de Herodoto está basado en mitos y leyendas, las mismas que en otros casos no son ninguna prueba seria para aquéllos que sí defienden en esta ocasión a Heródoto. En segundo lugar, existen suficientes indicios para hacernos pensar en una actitud fraudulenta por parte de H. Vyse, que ponen en tela de juicio la magnitud de sus descubrimientos y resaltan la necesidad de nuevas pruebas que contrasten con las puestas en duda, la autenticidad de una cronología impuesta y encajada a fuerza de martillazos. Por último recalcar la existencia
de evidencias físicas como la Estela Inventario, que nos hablan de la existencia
de la Gran Pirámide o La Esfinge mucho antes de que apareciera la figura
de Keops.
La presencia física de pirámides en la I Dinastía, como la que aparece en la Tablilla de Narmer, que demuestran su presencia bastante antes de la supuestamente primera pirámide atribuida al Faraón Zoser de la III Dinastía. O simplemente, las muchas leyendas como la recogida también por Herodoto, que datan a la Gran Pirámide en épocas antediluvianas. Y es que como dice un viejo dicho: ..."La misma luz que guía a algunos, ciega a otros"... .
¿CÓMO SE CONSTRUYÓ? Son muchas las preguntas en cuanto a su diseño y realización que la Gran Pirámide nos plantea. Sin duda, a parte de la increíble realización técnica que presenta esta construcción, lo que más sorprende a nivel popular es el desplazamiento y ubicación de los más de dos millones y medio de bloques que la forman. Su alineación norte-sur no supera el metro de error, menos de 1/15 de grado. El perímetro de la base sobre la que se asienta es un plano horizontal que raya la perfección y que para sí muchos edificios modernos lo quisieran. Donde la esquina sudeste es nada más que un centímetro y medio más alta que la esquina noroeste, y se dan datos tan sorprendentes, calificados de simple casualidad, como que al dividir la superficie de la base por la altura doble de la pirámide, se obtiene el número Pi (3,1416). A pesar de que la egiptología
oficial admite que los antiguos egipcios no dispusieron de poleas, carros
o herramientas de hierro, atribuyen su construcción a base de fuerza bruta,
rampas, trineos, grúas y otros artilugios de los que jamás dejaron constancia
escrita en ningún lugar, pero que no dudan que fueron utilizados por aparecer
representados en la construcción de otras obras, aunque muchas de estas
sean de periodos muy tardíos.
Luego con multitud de rampas de ladrillos, de adobe y de arena, que continuamente tenían que corregir por el cambiante ángulo de inclinación a medida que subía la pirámide, se supone que arrastraban los bloques con rodillos y trineos hasta su lugar final de colocación, aunque otros egiptólogos se aferran a la posible utilización de las "máquinas" que según Heródoto, subían los bloques de una hilera a otra de la pirámide, y de las que no dejó ninguna descripción material ni de su uso, pues una vez más solo se limitó a narrar lo que le contaron. COMIENZAN LAS DUDAS Semejante esfuerzo material, económico, humano y logístico, plantea una serie de dudas razonables que molestan enormemente a aquellos que no ven ningún tipo de dificultad extraordinaria (en más de una ocasión hemos oído decir que una pirámide no es más que un amontonamiento simple de piedras) y que se podrían resumir muy bien en unas reflexiones de Erich von Däniken (ya sabemos que su solo nombre produce más de una jaqueca) hace en su libro "Los Ojos de la Esfinge", y que pasamos a reproducir: "...Pongamos que en un año
hubieran 300 días laborables. Si se dividen los 125.000 bloques por los
300 días laborables (125.000 bloques = 2.500.000 bloques divididos por
20 años), se obtiene que cada día se añadían a la obra 416,6 bloques. Al
ver cifras tan grandes uno se vuelve generoso. Supondré pues, que esos
pobres obreros se pasaban trabajando cada día de 12 a 24 horas, ¡una jornada
laboral inhumana!.
A pesar de los recursos técnicos
de que disponemos hoy en día, nunca podríamos alcanzar un nivel tan alto.
En contra de este cálculo, que da por resultado un valor medio, se han
utilizado argumentos capciosos, que intentan demostrar la imposibilidad
de hablar de promedios diciendo que se necesitaba trabajar mucho menos
para levantar los niveles inferiores que los superiores.
A nuestro juicio, solo añadiríamos un pequeño detalle más a este promedio del Sr. Däniken, que cifra en un bloque cada dos minutos la media de colocación alcanzada por los constructores de la Gran Pirámide. Este cálculo cuenta con que cada una de estas moles fue insertada al primer intento, sin rectificaciones ni reajustes en el tallado de su superficie, por ejemplo, a 130 metros de altura. ¿Cómo se explica este hecho?. ¿Se ajusta el cálculo de los 300 días a la realidad?. El calendario que mantenían los antiguos egipcios, dividía el año en tres estaciones, y determinaba todo tipo de actividades laborales, religiosas, políticas y sociales. La primera estación era la de la Inundación (Ajet), desde mediados de junio hasta mediados de octubre, periodo de la crecida del Nilo y la preparación de los campos de cultivo. La segunda de estas estaciones era la de la Germinación (Peret), que desde mediados de octubre a mediados de febrero, constituía un periodo de espera en las actividades agrícolas. Por fin con la llegada de la última de las estaciones, la de la Cosecha (Shemu), todo Egipto se lanzaba a la ardua tarea de la recolección. Si aplicamos un poco de sentido común, sólo la Estación de la Germinación (Peret) facilitaba un periodo adecuado para volcarse en las tareas de trabajo en la Gran Pirámide, e incluso así, dado el enorme fervor religioso de los egipcios, numerosas fiestas salpicaban también esta estación. Por tanto el cálculo hecho sobre 300 días es, cuanto menos, bastante generoso. EL DIOS DE LA CASUALIDAD Este dios no figura entre
el panteón egipcio que nosotros sepamos, pero fue el que más ayudó a los
antiguos egipcios a finalizar la laboriosa Gran Pirámide. Al menos esa
es la conclusión a la que nos vemos forzados a llegar ante la increíble
cantidad de casualidades técnicas detectadas en la construcción del monumento.
Unas pocas docenas de tumbas de los supuestos constructores de la Gran Pirámide fueron descubiertas no hace mucho tiempo en sus proximidades, para la alegría de los egiptólogos oficialistas. Estas tumbas constituyen una de las pruebas irrefutables de sus teorías, pues "increíblemente", algunos de los huesos de estos esforzados trabajadores llevan impresas las señales de semejante esfuerzo, aunque no entendamos muy bien (será que no hemos visto las radiografías) que estas lesiones y fracturas fuesen realizadas en rigurosa exclusiva por los bloques de la Gran Pirámide. ¿Acaso olvidarán que existen otras construcciones en Giza, realizadas durante distintas épocas?. ALQUIMISTAS EN EL ANTIGUO EGIPTO Una vez más, poco sabemos de cómo fue construida la Gran Pirámide, sólo existen especulaciones basadas más en deseos que en evidencias materiales, documentales, o en necesidades particulares de conformar una cronología de la historia de Egipto, aunque se nos antoja muy difícil creer en el modo que nos aseguran los sectores más ortodoxos de la egiptología, sobre todo porque no cuadran las cifras, y mucho menos los resultados obtenidos con los medios "técnicos" supuestamente empleados. Lo que si parece, es que existió en algún momento el conocimiento de alguna técnica capaz de ablandar las rocas, y que facilitaría la labor de corte, tallado y traslado de éstas, aunque por sí misma, ésta teoría no nos arroje luz a todas las incógnitas que tenemos al respecto. No sólo en Egipto, sino en
otros muchos lugares del mundo, especialmente Sudamérica, existen indicios
de estas prácticas alquimistas. En el caso de Egipto, ya hemos comentado
los trabajos de Joseph Davidovits, cuando nos referíamos a la Estela del
Hambre en la Isla de Sehel, donde argumenta la existencia de una relación
de componentes necesarios para preparar este "cemento o ablandador divino".
Sea como fuere, no deja de ser un acto de soberbia, no sólo ya el establecer a ciencia cierta cómo fue construida la Gran Pirámide, sino burlarse o negar la posibilidad de otras teorías, pues si hay algo cierto dentro de este rompecabezas, es el de la existencia de un saber oculto y perdido de los antiguos egipcios. ¿QUIÉN LA LEVANTÓ? Ya veíamos anteriormente, cuando nos referíamos a su posible fecha de construcción que, aparecía como autor el Faraón keops, nombre helenizado de Khufu, hijo del mayor constructor de pirámides y fundador de la IV Dinastía, el Faraón Snefrú. El mantenimiento de este nombre se sustentaba, como hemos visto también, tanto en pruebas documentales históricas como pruebas físicas. El relato de Heródoto por un lado y los jeroglíficos con el nombre de Keops encontrados en las últimas cámaras de descarga por parte del inglés H. Vyse, han sido más que suficientes pruebas para dar por cerrado un capítulo de la historia de la humanidad. Llegados a este punto (con permiso de nuestros eminentes egiptólogos) debemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿No existen otros relatos de la antigüedad, ni otras pruebas físicas que contradigan el nombre de Keops como el constructor de la Gran Pirámide?. ¿Debemos siempre creernos todo lo que nos cuentan sin rechistar y no ser chicos malos?. LAS OTRAS PRUEBAS DOCUMENTALES Antes de ver otro tipo de pruebas que no indican precisamente a la figura del Faraón Keops la autoría de la Gran Pirámide, sería muy, pero que muy interesante, saber que el mismo Heródoto deja muy claro en su obra, y citamos textualmente que...: "...si alguno hubiere a quien se hagan creíbles esas fábulas egipcias, sea enhorabuena, pues no salgo fiador de lo que cuento, y sólo me propuse por lo general escribir lo que otros me referían...". Poco más que añadir a este sincero comentario aclaratorio, a buen entendedor pocas palabras bastan y..., quien quiera seguir aferrándose a las teorías oficiales para aparentar ser un "individuo serio y respetable", allá él, nosotros no comemos de ninguna mano. Y ésta misma sensación de "incredulidad" o "prudencia" a la hora de relatar este capítulo de la historia, no ha sido propiedad exclusiva de Heródoto. Otros historiadores preocupados en establecer una prueba fiable y un nombre seguro que identifique al autor de este monumento, han tropezado con el mismo problema. Euemero, Duris de Samotracia, Aristágoras, Dionisio, Artemidoro, Alejandro Polihístor, Butóridas, Antístenes, Demetrio, Demóstenes, Apión, etc, constituyen una larga relación de historiadores, filósofos, pensadores, etc, a quienes, al igual que a Heródoto, siempre les quedó esa sensación de duda alimentada por el paso de siglos y siglos encargados de borrar cualquier vestigio fiable de una realidad perdida. Diodoro de Sicilia, otro de los historiadores que visitó Egipto al igual que Heródoto, sufrió el mismo impacto causado por el tiempo, y en esta ocasión los nombres que le señalan sus guías son diferentes a los que les fueron dados a Heródoto. Ahora los constructores de las Pirámides de Giza son Armoeus, Ammosis e Inaron. Para hacernos idea de este descontrol de fechas y tiempo transcurrido, el propio Diodoro escribe: "...como dice la gente del lugar, desde los tiempos en que se levantó el edificio hasta el día de hoy han transcurrido más de mil años, y hay quien afirma que los años pasados llegan a los tres o cuatro mil...". Como podemos ver, es totalmente gratuito aferrarse a fechas concretas, y quien esto hace, no es más que por vanidad e interés. Ayer al igual que hoy, sólo
nos movemos en el terreno de la especulación, nada ha cambiado desde entonces.
Unos señalan con el dedo y otros son señalados. El continuar sustentando
como prueba irrefutable el relato de Heródoto (del cual él mismo desconfía),
no es más que una señal inequívoca de soberbia y prepotencia. Bien vale
defenderlo como hipótesis pero... nada más.
El relato de Heródoto cumple las premisas necesarias para resultar "creíble", pues encaja a la perfección con una teoría preestablecida de antemano y que obedece más a unos deseos que a una prueba sólida. Una vez más somos víctimas de los prejuicios de nuestra época que tienden a ignorar otras realidades, y que sólo el tiempo podrá destapar. INTERESES CREADOS Del mismo modo que existe un claro interés en hacer prevalecer la crónica de Herodoto, una fábula egipcia según palabras del propio autor, sobre el resto de relatos que nos han llegado, ese mismo interés reaparece de nuevo al magnificar unos más que sospechosos jeroglíficos descubiertos por H. Vyse, en una cámara cuyo propósito no era precisamente el de servir de lugar de paso para que algún visitante alabase el nombre de tan magnífico constructor. Por el contrario, no han
faltado todo tipo de ataques cuando no la más absoluta indiferencia, a
la estela descubierta por el fundador del Museo Egipcio de El Cairo, el
francés Auguste Mariette, y conocida con el nombre de la Estela Inventario,
en la que el mismísimo Keops (y eso sí que duele) deja muy "clarito" para
la posteridad su testimonio de que la Gran Pirámide ya existía hace mucho
tiempo atrás, y a la que identifica como un antiquísimo monumento en honor
de la Diosa Isis. El sólo se limitó a hacer pequeños trabajos de rehabilitación
y a construir una pequeña pirámide satélite para una de sus mujeres, dato
éste comprobado por los arqueólogos.
No nos engañemos, no existen pruebas documentales y físicas claras que determinen la propiedad de la Gran Pirámide, lo mismo que no existe un consenso claro de tan siquiera situar cronológicamente el reinado del Faraón Keops, y si para dormir más tranquilo alguien desea creerlo así, está en su pleno derecho. Lo que sí existe es un interés manifiesto por parte de individuos que han hecho de una parte de nuestra historia, la historia de todos, una parcela de uso y disfrute privado. No pretendemos ser pesimistas, pero vemos muy difícil el desarrollo de una investigación pluridisciplinaria y sin ningún tipo de prejuicios que saque a la luz éstas y otras incógnitas que forman parte del Egipto oculto y desconocido. ¿PARA QUÉ SE HIZO? Si hasta ahora no nos ha quedado nada claro el cuándo, cómo y quién construyó la Gran Pirámide, el tratar de hablar de para qué uso se destinó, resulta totalmente gratuito por faltarnos las referencias suficientes que nos puedan dar alguna pista medianamente fiable. Existe una larga lista de posibles aplicaciones, aunque la que prevalece, como no podía ser de otra manera, es la de su utilización como monumento funerario o como teoría más atrevida entre los círculos oficiales, la de estar destinada a ritos y celebraciones religiosas de carácter especial. A nosotros particularmente se nos antoja un tanto difícil y extraño, imaginar el paso de una pomposa comitiva de sacerdotes medio arrastras por los tortuosos pasajes y galerías que recorren la Gran Pirámide, por pasillos de un metro de ancho y poco más de altura, que no resultan los más apropiados para ningún tipo de rito o celebración. Incluso el paso del difunto faraón por estos exiguos corredores se aproxima más a una película de los hermanos Marx que a cualquier ceremonia que podamos imaginarnos, pongamos por ejemplo, en el grandioso Templo de Karnak. Con la técnica y perfección
demostrada por los arquitectos egipcios, ¿qué más les hubiera dado hacer
las galerías de mayor tamaño, más acordes con la grandeza de su faraón
o de los dioses a los que adoraban?.
Y LOS MUERTOS, ¿DÓNDE ESTÁN? Esta pregunta nos la tenemos que plantear por la sencilla razón de que jamás se ha encontrado ningún difunto en el interior de una Pirámide. La solución a esta incógnita ha sido siempre resuelta culpando a los ladrones de tumbas, que no sólo robaban las joyas y demás riquezas, sino que extraían el cadáver para ultrajar su memoria. Esta teoría no deja de tener gran parte de lógica. Son muchos los años transcurridos para haber dado la oportunidad a diferentes generaciones de ladrones y saqueadores de barrer con todas las riquezas depositadas en el interior de tumbas y pirámides. Ahora bien, como toda teoría tiene un pero. Al igual que ha habido tumbas que han sido descubiertas intactas, sin señal alguna de saqueo, como sería el famoso caso de la Tumba de Tutankhamón en el Valle de los Reyes, también han aparecido pirámides en las mismas condiciones de inviolabilidad. SEKHEMJET, OTRA PIEZA QUE NO ENCAJA Sekhemjet, fué uno de los últimos faraones de la III Dinastía, que siguiendo la moda impuesta por Zoser, hizo construir su pirámide en la necrópolis de Sakkara, allá por el año 2.600 a.C. Se desconoce exactamente si llegó a finalizar la estructura completa de la pirámide o bien si ésta fue reutilizada posteriormente por sus sucesores, sirviendo sus bloques para nuevas construcciones. El caso es que la cámara funeraria subterránea quedó en el más completo de los olvidos durante miles de años hasta que en 1.951, el arqueólogo Zakaria Goneim descubrió entre los cascotes de la pirámide, la puerta de entrada. Para poder acceder a la cámara funeraria, fueron necesarios casi tres años de limpiezas de escombros acumulados en el corredor de bajada, lo que nos dará una idea de la dificultad que hubieran encontrado posibles ladrones. La flor y nata de la egiptología, política, medios de comunicación y curiosos, se dieron cita el día 8 de marzo de 1.954, para poder ver por fin el cadáver de un faraón en el interior de una pirámide, la prueba definitiva con la que callar de una vez por todas a aquellos "intrusos" y "alucinados", que habían osado poner en duda las afirmaciones de la egiptología oficial. El mismísimo señor Ministro
de Cultura de Egipto, tuvo el honor de dar el último mazazo sobre el muro
que daba acceso a la cámara funeraria, donde se encontró un imponente sarcófago
de alabastro rodeado de joyas y otros restos del ajuar funerario, y un
sorprendente ramo de flores, que aún marchitas por el paso de miles de
años, yacían sobre la parte superior del féretro. El perfecto estado del
sarcófago, realizado en un sola pieza de un gran grosor, con una puerta
corredera, provoco retrasar la operación de apertura de éste, hasta el
26 de julio. Este retraso aumentó más el interés entre los medios de comunicación
y la opinión pública, que siguieron expectantes el gran acontecimiento.
Y de nuevo volvemos al terreno de la especulación (¿cuántas veces van ya?), al tratar de averiguar el verdadero uso de las pirámides, y más concretamente el de la Gran Pirámide. A menudo se asegura (no deja
de ser una huida hacia adelante) que las pirámides sólo eran las tumbas
de las almas de los difuntos faraones, y que sus cuerpos eran depositados
en otro lugar. Parece que el sentido pragmático de los antiguos egipcios
era totalmente nulo (entre nosotros: una panda de imbéciles e ignorantes),
y que el sustento diario les venía regalado del cielo, porque sino, no
se entiende una tumba de 2.500.000 de bloques de piedra, y la ruina de
un estado y toda una dinastía real como una y otra vez nos aseguran que
sucedió con la locura de Keops y compañía.
CONCLUSIONES FINALES Tumba, templo, biblioteca en clave del saber humano, reactor nuclear, baliza para naves espaciales, generador de energías desconocidas o simple montón de piedras producto de la locura del hombre, la Gran Pirámide, sea cual sea su función o funciones sigue constituyendo uno de los enigmas de mayor envergadura al que el hombre se puede enfrentar. Lo es ahora y lo fue también en tiempos de Heródoto, Diodoro de Sicilia o Napoleón. Su inmensa figura recortada por el cielo de la meseta de Giza, desafía la lógica humana y se burla siglo tras siglo de todas las conclusiones precipitadas de aquellos que tratan de amoldar sus formas e historia a su conveniencia, conocimientos y prejuicios de cada época. Y nosotros..., quienes escribimos
estas líneas, ¿no nos mojamos?, ¿no damos nuestra opinión?, ¿preferimos
seguir criticando a diestro y siniestro sin aventurarnos a formalizar una
teoría como el que más?.
-A-. Existió en la antigüedad una civilización totalmente desconocida para nosotros, con un alto desarrollo cultural y tecnológico. -B-. Hace miles de años, la Tierra fue visitada por alguna civilización exterior a nuestro planeta. Su paso dejo huella en distintas civilizaciones antiguas en forma de tecnología y conocimientos que fueron involucionando progresivamente, tras la marcha de estos visitantes. -C-. La combinación de ambos puntos anteriores. El uso y la utilización de la Gran Pirámide, vendrían pues determinados por las necesidades de esta civilización desconocida y que nuestra lógica, factor determinante para la creación de nuestros parámetros técnicos y culturales de enjuiciamiento, no son capaces de asimilar. Creemos pues, que sólo una revisión en toda regla y desde todos los campos de la ciencia de nuestra historia junto a sus enclaves arqueológicos más importantes, serían capaces de arrojar algo de luz a nuestro pasado, y por qué no, también a nuestro futuro. Sabemos que por infinidad de lastres religiosos, políticos, económicos y demás intereses que nuestra sociedad mantiene, hoy por hoy, cualquier tentativa revisionista, no deja de ser más que una utopía. TRES CLASES HAY DE
IGNORANCIA: NO SABER LO QUE DEBIERA SABERSE, SABER MAL LO QUE SE SABE,
Y SABER LO QUE NO DEBIERA DE SABERSE.
El tiempo y sólo el tiempo
pondrá a cada uno en el lugar que se merece.
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